Semana 14

 Noviembre 21 del 2025


Arte Mexicano


El arte en México comenzó a transformarse a partir de la Revolución Mexicana, un momento histórico que no solo cambió la política y la sociedad, sino también la manera en que el país se miraba a sí mismo.

El Porfiriato estuvo marcado por una aparente modernización gracias a la inversión extranjera, principalmente de Estados Unidos. Sin embargo, esta modernización no benefició a todos por igual y estuvo acompañada de injusticias sociales, explotación y represión. Porfirio Díaz, aunque desconfiaba de Estados Unidos, terminó siendo víctima de esa misma intervención, ya que dicho país financió parte del armamento utilizado durante la Revolución.

Tras la caída de la dictadura, Francisco I. Madero llegó a la presidencia con promesas de cambio y esperanza. No obstante, su gobierno fue breve, pues muchos de quienes lo apoyaron esperaban el cumplimiento inmediato de dichas promesas. Al no ver resultados, el descontento creció y desembocó en uno de los episodios más trágicos de la historia del país: la Decena Trágica.

Después de años de enfrentamientos armados, México quedó profundamente marcado. El país vivía una crisis de identidad, como si todo lo conocido hubiera desaparecido. Surgieron entonces preguntas fundamentales: ¿qué México debía reconstruirse?, ¿qué valores lo representarían?, ¿cómo mostrarle al mundo una nueva imagen del país?

Es en este contexto donde nace el muralismo mexicano, un movimiento artístico que buscó responder a estas preguntas. A través de los murales, los artistas plasmaron la historia, las luchas sociales y la identidad del pueblo, creando un fuerte sentimiento de nacionalismo y pertenencia.

Durante la clase se mencionó la obra México Bárbaro de John Kenneth Turner, la cual expone de manera cruda las condiciones sociales y humanas que se vivían en México antes de la Revolución. Esta obra permite comprender el caos, la desigualdad y la opresión que llevaron al levantamiento armado, y ayuda a entender por qué el arte posterior se volvió una herramienta de denuncia y memoria histórica.



Sin embargo, es importante reconocer que el México surgido de la Revolución tampoco representó un escenario ideal. La violencia continuó siendo una constante y sus consecuencias afectaron profundamente a la población. Hubo una notable reducción demográfica, en la que gran parte de la población sobreviviente estaba conformada por mujeres adultas; además, la desnutrición, la orfandad, los conflictos armados en distintas regiones y las pandemias provocadas por enfermedades sin control marcaron a toda una generación.

En este contexto, la falta de educación y de acceso a la información jugó un papel crucial. Ante la imposibilidad de llegar a todos a través de la palabra escrita, los muros de México se convirtieron en un medio de comunicación masivo. Las paredes comenzaron a funcionar como herramientas de adoctrinamiento, denuncia y construcción de identidad, capaces de transmitir ideas políticas, sociales y culturales de forma directa y visual.

Esta función simbólica de los muros no ha desaparecido con el tiempo. Incluso en la actualidad, lo que se pinta en las paredes de México sigue cargado de significado. Un ejemplo de ello fue durante una marcha de la generación Z, cuando alguien pintó una esvástica sobre las barricadas colocadas frente al Palacio Nacional. Más allá de la intención concreta de quien realizó el acto, el símbolo resulta especialmente impactante si se considera que la presidenta Claudia Sheinbaum tiene ascendencia judía.

El hecho de que este símbolo aparezca sobre una “pared” impuesta por el propio gobierno —utilizada para restringir el paso de la población— refuerza su carga simbólica. Las paredes, una vez más, funcionan como un espacio de confrontación entre el poder, la sociedad y la memoria histórica, demostrando que el muralismo y la intervención del espacio público siguen siendo formas de expresión profundamente políticas.


Volviendo al muralismo, este movimiento se convirtió en una de las principales formas en las que México se dio a conocer ante el mundo. A través de sus imágenes, el muralismo no solo representó la historia del país, sino que también construyó una identidad visual que hoy en día sigue siendo asociada con México.





En esta obra se representa el ideal de mexicano que proponía el proyecto revolucionario: un obrero ligado al conocimiento y a la ciencia, concebido como el principal motor del progreso y del desarrollo del país. En esta visión reaparece la idea del mexicano como “raza cósmica”, en la que el trabajo y la ciencia conviven en un mismo ser.



Los murales del antiguo Colegio de San Ildefonso fueron realizados por José Clemente Orozco, quien compartía la idea de que el verdadero cambio social debía comenzar a través de la educación. Esta postura se relaciona directamente con el pensamiento de José Vasconcelos, quien afirmaba que “no puede haber educación sin arte”, resaltando la importancia del arte como una herramienta formadora de conciencia.

El México revolucionario tenía como principales objetivos la educación, el reparto de tierras y la generación de trabajo, pilares fundamentales para la reconstrucción del país. Dentro de este proyecto, el muralismo no solo cumplía una función estética, sino también educativa.

En una sociedad profundamente afectada por la guerra y el analfabetismo, las imágenes se convirtieron en el medio más accesible para comunicar ideas, valores y aspiraciones colectivas. A través de los murales, se buscaba mostrar tanto el pasado reciente como el futuro que se deseaba construir, funcionando como una forma visual de enseñanza para la población.

Esta intención educativa del muralismo también se trasladó a otros medios, como el cine. En la película Río Escondido (1948), dirigida por Emilio “El Indio” Fernández, se representa el orgullo de ser mexicano y la construcción de una identidad nacional, en sintonía con los ideales del muralismo y su objetivo de formar al “nuevo mexicano”.




En la película Flor Silvestre (1943), protagonizada por Dolores del Río, se presentan frases como “Nadie puede vivir sin un pedacito de tierra” y “Los hombres luchan por la tierra”, las cuales reflejan de manera directa la realidad del México revolucionario. Estas palabras nos recuerdan que la historia del país está marcada por la sangre derramada en la lucha por la tierra; sin embargo, es precisamente de esa tierra herida de donde surge el México que conocemos hoy.





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